jueves, 30 de noviembre de 2017

martes, 24 de octubre de 2017

viernes, 20 de octubre de 2017

jueves, 18 de mayo de 2017

Emprender contra el miedo

Los jóvenes españoles no sueñan con un negocio propio, sino que desean ser funcionarios
Digan lo que digan, España no es un país de naturaleza emprendedora. El último estudio global de Emprendimiento Amway explicaba que el deseo por convertirse en emprendedor por parte de la sociedad española ha disminuido un 3% respecto al 2015, situándose en el 32%. De hecho, el último informe de Global Entrepreneuship Monitor (GEM) señala que el 50% de los españoles ve con buenos ojos la posibilidad de iniciar un proyecto propio, pero más del 40% tiene miedo a fracasar.
¿La principal causa? La cultura española. Una mentalidad y forma de vida que huye del riesgo en pos de la seguridad, pese a que si uno arriesga puede alcanzar un mayor reconocimiento profesional y realización personal. En España, la mayor parte de los jóvenes no sueña con tener un negocio suyo, desea ser funcionario. En base a la encuesta ...Y después de la Universidad, ¿qué?, elaborada por Educa2020 y Fundación Axa, el 25% de los jóvenes españoles quiere ser funcionario.
¿Es algo negativo? En parte sí, dado que no se puede negar la repercusión del músculo emprendedor sobre la economía de un país, como bien ha demostrado Irlanda a lo largo de estos años. Irlanda es en la actualidad el cuarto país más emprendedor de la UE y el duodécimo del mundo, según The Global Entrepreneurship and Development Institute (GEDI). Así, desde los inicios de la crisis hasta hoy, ha logrado reducir su tasa de paro juvenil al 20%. Además, ha pasado de ser parte integrante de los PIIGS a convertirse en la economía que más crece de Europa, con una tasa de paro en torno al 7% (al nivel del año 2008), en base a los datos de la Oficina Central de Estadísticas (CSO).
Mientras, España ocupa el trigésimo segundo lugar en el listado de países emprendedores, y maneja una tasa de paro juvenil del 42,9%, según la última investigación de la Encuesta de Población Activa (EPA). Y aún se sigue hablando de brotes verdes...
El emprendimiento favorece la creación de empleo, impulsa la competencia y la cooperación, facilita la evolución, la innovación y la transformación digital, necesaria y acuciante a día de hoy. Además, no se puede perder el foco en que los más beneficiados por un ecosistema emprendedor son los propios ciudadanos. Serán ellos quienes podrían acceder a una nueva y mayor oferta de productos y servicios, los que se aprovecharían de las mejoras tecnológicas propiciadas por el efecto de la competencia y el fortalecimiento de las diferentes industrias, los que, gracias a este nuevo paradigma, se verían beneficiados por la mejora de la situación económica: más políticas sociales, mayores ingresos per cápita, aumento del PIB, etc.
Y la gran pregunta: ¿Por dónde empezar?
Todo proceso comienza en la educación. Se debería modificar el sistema educativo actual, desde la formación primaria hasta la universidad, incluyendo los grados de Formación Profesional. En la actualidad, no existen los incentivos adecuados para generar emprendedores.
Por ello, se deberían fomentar en las aulas los valores y cualidades propias de un autónomo (la creatividad, la iniciativa, la asunción de riesgos, la búsqueda de oportunidades, la responsabilidad, etc), introducir asignaturas relacionadas con el emprendimiento y, si de verdad se quiere modificar el clima actual, el Gobierno y sus órganos representativos deberían proveer de dotaciones económicas, así como de los recursos necesarios para llevar a cabo esta transformación. España echa en falta más organizaciones como la Fundación Créate o Campus Madrid, instituciones que impulsan el emprendimiento poniendo a disposición de los jóvenes plataformas, cursos, ponencias y otro tipo de actividades y talleres.
Es hora de acabar con esta tesitura. Si se quiere revertir la situación actual y cerrar el capítulo del miedo, del temor a lanzar proyectos propios por parte de los jóvenes españoles, se debe empezar por cambiar la cultura, la mentalidad... por emprender medidas contra el miedo al fracaso.
Álvaro Esteban Keogh es responsable de Eureka PR. Joven emprendedor.

sábado, 13 de mayo de 2017

EL REINO DE MURCIA DURANTE LA DOMINACIÓN ARAGONESA

(1296-1305) Ángel Luis MOLINA MOLINA Universidad de Murcia Durante los siglos XII y XIII el reino de Murcia fue territorio disputado por Castilla, que busca una salida al Mediterráneo, y por Aragón, que trata de continuar su expansión territorial hacia el sur y evitar ser rodeado por Castilla. El tratado de Almizra (28-111-1244) suscrito entre el infante Alfonso y Jaime I, para el primero constituyó un éxito y para el segundo fue, en cierto sentido, una decepción, en la medida que el reino de Murcia se encontraba definitivamente en el ámbito geográfico castellano1 , obligando de esta forma a la Corona de Aragón a buscar la compensación mediante su expansión por el Mediterráneo. Jaime II tratará de sacar el máximo provecho de las difíciles circunstancias políticas de Castilla durante la minoridad de Fernando IV y de las pretensiones de don Alfonso de la Cerda al trono castellano, para dar un giro radical a la política aragonesa en el Sudeste peninsular2 . Para algunos historiadores la conquista del reino de Murcia por Jaime II, al igual que la anexión de Córcega y Cerdeña, forman parte del proyecto del monarca aragonés de transformar el litoral mediterráneo occidental en una base firme y segura para sus empresas marítimas posteriores, es decir, formaría parte del imperialismo 1 Véanse Julio GONZÁLEZ, Reinado y diplomas de Fernando III, Córdoba, 1980, t. I, pp. 349- 351. Sobre la incorporación de Murcia al dominio cristiano, Antonio BALLESTEROS BERETTA, La reconquista de Murcia, Madrid, 1943; Juan TORRES FONTES, La reconquista de Murcia en 1266 por Jaime I de Aragón, Murcia, 1967. La evolución de la frontera murciana en el siglo XIII y los inicios del XIV puede seguirse en Amparo BEJARANO RUBIO, «La frontera del reino de Murcia en la política castellano-aragonesa del siglo XIII», en Miscelánea Medieval Murciana, XIII, 1986, pp. 131-154. 2 César GONZÁLEZ MÍNGUEZ, Fernando IV. 1295-1312, Palencia, 1995, p. 74. 265 expansionista, peninsular y mediterráneo, de la corona de Aragón iniciado en 12823 . El primer acto de hostilidad de Jaime II fue la devolución a Castilla de la Infanta doña Isabel con el pretexto de que el papa no había otorgado las necesarias bulas de dispensa4 . En agosto de 1925, enviaría a Fray Domingo de Jaca y Simón Dezlor a la corte castellana para anunciar la anulación del tratado de Monteagudo (firmado en 1291 entre Jaime II y Sancho IV). La difícil situación interna de Castilla impidió dar una respuesta adecuada a tan grande ofensa5 . A partir de este momento Jaime II se convirtió en patrocinador de la candidatura de don Alfonso de la Cerda al trono castellano. Por este motivo don Alfonso confirmó a Jaime II la donación de todo el reino de Murcia que había hecho en 1289 a su hermano y antecesor en el trono Alfonso III. Inmediatamente después Jaime II tratará de hacer efectiva la ocupación de dicho reino, y con el hecho consumado de la conquista lograr una ampliación territorial de Aragón6 . La crisis interna castellana —minoría de Fernando IV— obligo a doña María de Molina, a resignarse y dar por perdido el reino de Murcia, al menos momentáneamente. La Crónica de Fernando IV es muy sucinta a la hora de informarnos de la campa- ña murciana: «E en este tiempo mesmo movió el rey de Aragón con su hueste, e fue al reino de Murcia e por consejo de los de la tierra, que eran catalanes, dieronsele todas las villas e los castillos, salvo ende Lorca, que moraban castellanos, e otro sí Alcalá e Muía»7 , algunos detalles mas nos proporcionan Ramón Muntaner8 y Jerónimo Zurita9 . La concepción estratégica fue impecable, pues mientras un ejército aragonés al mando del infante don Pedro penetraba en Castilla, el propio Jaime II dirigía otro, apoyado por una flota, hacia el reino de Murcia. La primera ciudad a la que puso cerco fue Alicante, cuyo imponente castillo se rindió a pesar de la tenaz resistencia de su alcaide, Nicolás Pérez de Murcia, que prefirió morir en la lucha antes que rendirse10 . 3 Juan Manuel del ESTAL, «Incidencia del problema sículo-sardo en la conquista del reino de Murcia por Jaime II de Aragón (1296-1304)», en XI Congreso di Storia delta Corona d'Aragona sul tema: La societá mediterránea all'epoca del Vespro, Palermo, 1984, pp. 25-26. 4 Jerónimo ZURITA, Anales de la Corona de Aragón, Zaragoza, 1610, t. I, fol. 358 r. 5 Alguna medida si que se tomó, como se desprende de la carta que Juan Sánchez de Ayala, Adelantado en el reino de Murcia por don Juan Manuel, envió a Bona Junta de las Leyes el 10 de noviembre de 1295, en la que declara la guerra a Jaime II, y le ordena que «por mar con la galiota armada que vos yo dy e fazer guerra e danno quanto pudierdes al rey de Aragón e a las sus gentes». Expedición de corso que debió ser positiva, puesto que el propio Juan Sánchez de Ayala reconocía, el 28 de marzo de 1296, haber recibido de Bona Junta de las Leyes, 3.000 maravedís «por razón de la parte e del derecho que yo devia aver de la ganancia que fiziestes sobre mar con la galiota que vos yo mande armar sobre la tierra del rey de Aragón» (Los documentos están publicados por Andrés GIMÉNEZ SOLER, Don Juan Manuel, Zaragoza, 1932, pp. 223-224, y Juan TORRES FONTES, Documentos de sigloXIll, CODOM, II, Murcia, 1969, pp. 117-118). 6 Juan TORRES FONTES, El señorío de Abanilla, Murcia, 1982, p. 32. 7 Crónica de Fernando IV, B.A.E., Madrid, 1953, p. 103, t. LXVI. 8 Ramón MUNTANER, Crónica, Madrid, 1970, pp. 385-388. 9 Jerónimo ZURITA, ob. cit, fols. 368 r.-369 v. 10 Véanse R. MUNTANER, ob. cit, pp. 386-387; Juan Manuel del ESTAL, Conquista y anexión de las tierras de Alicante, Elche, Orihuela y Guardamaral Reino de Valencia por Jaime II de Aragón (1296- 266 Posteriormente el ejército aragonés se dirigió a Elche, que pertenecía a don Juan Manuel. El asedio comenzó en junio de 1296 y se prolongó durante el mes siguiente. Mientras se completaba el asedio, una parte del ejército se apoderó de Elda, Novelda, Nomport, Aspe, Petrel, La Muela, Crevillente, Abanilla, Callosa y Guardamar. El 27 de julio llegaron hasta don Jaime dos vasallos de don Juan Manuel —Gómez Fernández y Alfonso García de Pampliega— solicitando una tregua en nombre de su señor, a lo que el monarca accedió hasta que don Juan Manuel cumpliera 20 años. Anteriormente, en mayo, el concejo de Orihuela reconocía a Jaime II como a su rey. Y en los meses siguientes se apoderaba, prácticamente, de todos las villas y castillos del reino de Murcia, a excepción de Lorca, Alcalá y Muía, sin encontrar resistencia, ni por parte de la población mudejar, totalmente ajena a la contienda, ni de la población cristiana, cuya densidad era todavía muy débil11 . En la repoblación habían participado catalanes y aragoneses, que como cabe suponer facilitaron considerablemente la conquista. El licenciado Francisco Cáscales escribía al respecto: «Tuvo gran facilidad el Rey en el rendimiento de Murcia, porque los pobladores eran los mas Catalanes y Aragoneses, y en tan poco tiempo como había pasado de la población acá no había perdido la vasija el sabor de la que recibió primero»12 . Con su ayuda, el 2 de agosto, Jaime II pudo entrar en Murcia, que se rindió sin presentar combate13 . Inmediatamente dispuso guarniciones para asegurar la conquista y premió con señoríos a quienes más se habían distinguido en la lucha, regresando luego a Valencia, donde ya estaba el 18 de agosto de 1296. Nuevamente volvió Jaime II al reino de Murcia, pues el 3-11-1298, escribía al rey de Granada desde el castillo de Alhama, comunicándole que se había apoderado del mismo: «Aun vos facemos saber que somos venidos al regno de Murcia contra nuestros enemigos de Castilla e asitiamos el castiello de Alhama el qual, loado sea Dios, habernos preso et tenemos, e facemos vos saber porque sabemos que vos placerá»14 . La conquista del castillo de Alhama, lograda tras largo asedio, sería una nueva base de avance hacia Lorca, la plaza más apetecida por su fortaleza y posición en la frontera con el reino granadino. La presencia de Jaime II en tierras murcianas tenía también otro objetivo: las en- 1308), Alicante, 1982 y Juan TORRES FONTES, «Nicolás Pérez, alcaide de Alicante», en Murgetana, XXII, pp. 121-129. 11 J. TORRES, «Reconquista y repoblación del reino de Murcia», /Acias del Coloquio de la V Asamblea General de la Sociedad Española de Estudios Medievales, Zaragoza, 1991, pp. 248-272. 12 F. CÁSCALES, Discursos históricos de la muy noble y muy leal ciudad de Murcia, 2a edic, Murcia, 1775, p. 77. i 13 Estudios diversos, pero sobre todo la publicación por J. M.del Estal de un Corpus documental de Jaime II relacionado con su intervención armada en el reino de Murcia, permiten seguir, casi día a día y plaza por plaza, la actividad, más política y diplomática, del monarca aragonés para ir consiguiendo sin el empleo de la fuerza, a veces manteniendo prolongados sitios, la ocupación de fortalezas o la aceptación de su soberanía por algunas admitido ante el abandono en que se encontraban y la falta de una hueste castellana que se opusiera a su avance o reforzara guarniciones. El reino de Murcia bajo Aragón (1296-1305), Corpus Documental, 1/1 y 1/2, Alicante, 1985 y 1990. 14 Antonio BENAVIDES, Memorias de D. Fernando IV de Castilla, Madrid, 1860, II, p. 115, y Juan TORRES FONTES, Documentos del siglo XIII, p. 131. 267 comiendas santiaguistas. En Elche, el 28 de febrero, escribía al maestre don Juan Osórez pidiéndole que diera orden a los comendadores de Aledo, Cieza y Ricote para que le reconocieran como rey y señor, garantizándoles la posesión de sus encomiendas y ofreciendo su protección. Hubo negativa santiaguista y entonces propuso una nueva fórmula más conciliadora, consistente en que las encomiendas del territorio murciano quedaran dependientes del comentador de Montalbán15 , subdito suyo, ante el temor, según manifestaba, de que pudieran perderse para él y para la Orden, porque «por desfayllimiento de guarda et de retenimiento, los ditos castiellos no se ayan de perder a vos et a la Orden», propuesta que tampoco sería aceptada por el maestre de Santiago. La tercera fase de la intervención de Jaime II en el territorio murciano tiene lugar en el año 1300. De nuevo el objetivo era Lorca, sobre la que tenía puesto cerco y pudo lograr un convenio con su alcaide, el de que si en un plazo determinado no era socorrido, entregaría la fortaleza. La traición del alcaide Ñuño Pérez impidió que la ayuda castellana, organizada por doña María de Molina, fuera eficaz y obtuviera el resultado apetecido, puesto que antes de que finalizara el plazo convenido, encontrándose ya las fuerzas castellanas en Alcaraz, se efectúo la entrega. La presencia del ejército castellano fue suficiente para alejar a las tropas aragonesas, con lo que se impidió que Muía y Alcalá siguieran el mismo camino que Lorca. La actitud de los infantes don Enrique y don Juan, partidarios de llegar a un entendimiento con Aragón, suspendió la continuidad de la campaña, cuando la posición de Jaime II era ya de por sí difícil. La alianza con Granada permitía e incitaba a que almogávares africanos ocasionaran daños y robos en tierras de las encomiendas santiaguistas, modo indirecto de presionar hacia el reconocimiento de su soberanía, como pretendía Jaime II. En enero de 1301, los vecinos de Aledo protestaban de los perjuicios recibidos, y esta política contra los territorios de la Orden culminó con la ocupación de Cieza por la fuerza. La respuesta fue rápida y poderosa. En abril, Juan Osórez, con 500 caballeros y 4.000 peones, sin sorpresas ni marchas nocturnas, entraba en el reino de Murcia, encaminándose hacia Cieza. Se hizo pública por todo el reino esta proximidad armada de la Orden de Santiago, y el 19 de abril, el gobernador de Murcia convocaba a la defensa de Cieza, enviando por su cuenta 30 ballesteros. La noche del día 22 era asaltada y ocupada, y apresados sus jefes y las fuerzas defensoras que no habían muerto en el combate. Hubo intercambio de cartas entre Jaime II y el maestre, pero la decisión de éste quedó bien clara: «Cieza, punnamosla en cobrar, porque era nuestra», por otra parte, manifestaba que no iría contra él, «salvo si acaegiese, que el cuerpo del rey don Fernando entrase en el regno de Murcia, en la qual cosa, si acaegiese, vos daremos a entender en como avernos talante de lo servir»; y le exigía la devolución de su castillo de Negra16 . Por cuarta vez las posiciones encontradas entre unos y otros se pondrían de manifiesto en 1303. Vasallos de la Orden, según queja de Jaime II, «an feyto et fazen 15 Véase Regina SAINZ DE LA MAZA LASOLI, La Orden de Santiago en la Corona de Aragón. La Encomienda de Montalbán (1210-1327), Zaragoza, 1980, pp. 170-177. 16 Juan TORRES FONTES, «Murcia: la conformación de un reino de frontera», en Historia de España Menéndez Pidal, t. XIII-1, Espasa-Calpe, Madrid, 1990, pp. 480-481. 268 cada día muytas terrerías et daynos et agraviamientos a las nuestras gentes del dito regno et viene ende por esto grand destorbo a nos et al dicto regno», insistiendo en su propuesta de que se hiciera cargo de las encomiendas murcianas al comendador de Montalbán y las tuvieran «freyres natales nuestros». Y si, por una parte, advertía que de continuar así las cosas tendría que proceder de otra manera, por otra, ordenaba que se entregara el castillo de Negra al comendador de Ricote, pero, al morir éste por entonces, hizo concesión personal del castillo al comendador de Montalbán. El maestre no estuvo conforme y continuó insistiendo en su devolución, en tanto que gentes de la encomienda de Aledo efectuaban correrías por tierras lorquinas, con robos como el de 80 yeguas y otros animales17 . Receloso de la actitud de Muhammad III, que tras la muerte de su padre había firmado treguas por tres años con Castilla y licenciado a los africanos contratados por Muhammad II, e igualmente receloso del maestre de Santiago, cada vez más apremiante en su exigencia de la devolución de Negra, el rey de Aragón recurrió al jefe magrebí Hamu b. Abd al-Haqq b. Rahhu, con quien estaba concertado desde 1300. El acuerdo de 22 de diciembre de 1303, contenía las siguientes condiciones: entrega del castillo de Negra y los lugares de Ceutí y Lorquí, como base de acampada de sus fuerzas; Ibn Rahhu los recibía «como vasallo de su señor»; entrega un hijo y tres de los jefes de su hueste como rehenes; recibía la seguridad de poder contar con un buen trato y amparo de los aragoneses, facilidad para adquirir provisiones y el quinto que correspondía al rey de las cabalgadas, más los castillos o lugares que pudiera ganar18 . Si Ibn Rahhu efectúo dos incursiones que le proporcionaron cuantioso botín, obteniendo unas 50.000 cabezas de ganado en tierras conquenses, aunque perdió parte y sufrió inconvenientes y robos a su vuelta en lugares de don Juan Manuel; y otra al Valle de Purchena junto a freires templarios, el tener que vivir sólo de lo que obtenía en las cabalgadas, hacía difícil su estancia, porque si el maestre del Temple elogiaba su valor y decisión, también ponía de relieve la pobreza y miseria de aquella hueste, merecedora de mayor recompensa, que por su forma de vida era despreciada y odiada en tierras murcianas. Por ello tuvo que sufrir robos y daños en la comarca de Negra, que efectuaban mudejares de las encomiendas santiaguistas de Aledo y Cieza. De forma paralela, a lo largo de 1303, se advierte como se va abriendo paso la ¡dea de que es necesario poner fin a la tensión bélica que había caracterizado las relaciones entre Castilla y Aragón desde 1295. Era manifiesto el cansancio general y el deseo de llegar a un convenio aceptable para todos, ya que la situación no acababa de definirse y menos aún en territorio murciano, cuya inestabilidad e inseguridad sólo podría resolverse con la paz general. Al mismo tiempo, inclinado Fernando IV a la línea política que le aconsejaba el infante don Juan, buscaba igualmente la solución definitiva del problema de los infantes de la Cerda. Y para ello Jaime II formula la propuesta de que tres jueces dieran una sentencia arbitral, aceptándose al rey de Portugal, don Dionís, personaje hábil y tortuoso, para que formara un jurado que diera su 17 Juan TORRES FONTES, «Murcia: la conformación...», p. 482. 18 Juan TORRES FONTES y Ángel Luis MOLINA MOLINA, «Murcia castellana», en Historia de la Región Murciana, t. III, Murcia, 1981, pp. 384-387. 269 sentencia en lo que afectaba al reino de Murcia, infantes de la Cerda y todas las cuestiones pendientes entre ambas partes. A principios de marzo de 1304 en una entrevista en Calatayud entre Jaime II y el infante don Juan, se acordó una reunión entre los reyes de Castilla, Aragón y Portugal, que tendría lugar entre Agreda y Tarazona, para intentar solucionar las diferencias entre Fernando IV y Jaime II; y también se acuerda negociar una tregua entre Castilla y Aragón que duraría al menos hasta el día 19 de mayo próximo19 . En los meses siguientes se producirían diversos encuentros que desembocarían en el compromiso del 20 de abril de 1304, en presencia del notario publico de Tarazona Andrés Pérez de Corvera; por el que el infante don Juan, en nombre del rey de Castilla, y don Alfonso de la Cerda, en el suyo propio, nombraron como arbitros de las diferencias entre Fernando IV y don Alfonso de la Cerda a los reyes de Portugal y Aragón, respectivamente, y se comprometieron a aceptar la sentencia que pronunciaran dentro de un plazo que finalizaba el 15 de agosto. El mismo día y ante el mismo notario, a instancias de Jaime II y de don Alfonso de la Cerda, se redactó el compromiso por el que aceptaban como jueces arbitros de las diferencias entre Jaime II y Fernando IV a don Dionís de Portugal, al infante don Juan y a don Jimeno de Luna, obispo de Zaragoza. Para garantizar que Jaime II aceptaría la sentencia que se dictase entregó a dichos arbitros como rehenes los castillos de Ariza, Verdejo, Somet, Borja y Malón. Lo propio hizo Fernando IV, quien ofreció como rehenes los castillos de Alfaro, Cervera del río Alhama, Ocón, San Esteban de Gozmar y Atienza20 . La sentencia arbitral de Torrellas-Elche es la consecuencia natural de la fortaleza alcanzada por la confederación aragonesa y por otro lado, de la crisis interna de Castilla tras la minoría de Fernando IV, así como el cambio de mentalidad, de actuación polí- tica y de objetivos concretos que se manifestaban después de las grandes conquistas territoriales del siglo XIII. Los jueces nombrados para resolver de forma conciliadora las diferencias entre las Coronas de Castilla y Aragón se reunieron en Torrellas, a las faldas del Moncayo, y el día 8 de agosto de 1304 dictaron su parcial decisión. La sentencia señalaba como pertenecientes a Aragón las ciudades de Cartagena, Guardamar, Orihuela, Alicante, Elche, Novelda y la jurisdicción de Villena, cuya propiedad mantendrá don Juan Manuel, lo mismo que Elche. Y ordenaban a Jaime II entregar a Castilla Murcia, Molina Seca, Alcantarilla, Moratalla, Lorca, Alhama, etc.: «assi como taja la agua del Segura fasta el regno de Valencia, entre el mas susano cavo del termino de Villena, sacada la ciudad de Murcia e Molina con sus términos» para Aragón y al oeste y al sur del Segura para Castilla21 . Merino Álvarez asegura que la nueva frontera coincidía por el N.E. en la Hitación de Wamba al obispado de Begastri; lo perdido por Castilla era íntegramente la diócesis ilicitana. La inclusión de Cartagena en la parte aragonesa se debía más al interés de Jaime II de poseer un puerto natural que acercara el comercio catalán a los mercados del norte de África, al tiempo que eliminar las posibilidades que el Mediterráneo 19 César GONZÁLEZ MÍNGUEZ, ob. cit, p. 128. 20 César GONZÁLEZ MÍNGUEZ, ob. cit, pp. 129-130. 21 Véase Juan Manuel del ESTAL, Conquista y anexión de las tierras..., p. 275. 270 podía ofrecer a Castilla, que a los «errados conocimientos geográficos de la época basados en Ptolomeo, quien había situado a Cartagena más al septentrión de Alicante», como supone Merino22 . Los jueces arbitros no sólo se preocupan de fijar la frontera castellano-aragonesa, aunque de forma un tanto imprecisa, sino también de la situación de las personas afectadas por el reparto. En cualquier caso podrían permanecer viviendo en los mismos lugares con todos sus bienes. También se les reconocía absoluta libertad para cambiar de residencia si así lo preferían. Tanto Castilla como Aragón deberían dejar en libertad a todos los cautivos hechos durante la guerra. Jaime II y Fernando IV deberían otorgar y aprobar la sentencia arbitral en el plazo de tres días, requisito que cumplieron. El análisis del texto de la sentencia, duramente calificado por Francisco Cáscales que la consideró injusta23 , refleja claramente como había triunfado el punto de vista aragonés. Jaime II actuaba desde una posición de fuerza, convertido en arbitro solicitado por las facciones nobiliarias castellanas, y los jueces elegidos obraban en su favor. La conducta del obispo de Zaragoza está justificada, y lo mismo puede decirse de la de don Dionís, para cuyos intereses poco convenía una Castilla demasiado fuerte. Pero el infante don Juan estuvo más motivado por la conservación de su propio poder e influencia que en mantener la integridad territorial de Castilla. Jaime II, como ha destacado Torres Fontes, fue consciente de la monstruosidad que cometía24 , y por ello dejó a Castilla la parte situada al sur del Segura con Murcia, Molina y Monteagudo. La cesión no fue expresión de generosidad sino de conveniencia, pues si el despojo no fue mayor para Castilla se debió a la paz que ésta había firmado en 1303 con Granada. El segundo asunto importante tratado en Torrellas trataba de solucionar la cuestión de los infantes de la Cerda25 . La estancia de los tres reyes peninsulares más importantes del momento en los confines de Castilla y Aragón permitió también la firma de algunos compromisos o acuerdos de paz entre ellos y en las que fue también admitido el rey de Granada, lo que dice mucho sobre la perfecta integración del reino nazarí en la política peninsular. Todo el protocolo de cartas que siguió a la publicación de la sentencia arbitral de Torrellas, refleja la buena disposición que hacia el cumplimiento de la misma mostraron tanto Fernando IV como Jaime II. Pero la delimitación de la frontera murciana se había hecho de una forma muy imprecisa y carente del más mínimo fundamento geográfico, como pudo comprobarse al intentar materializar el reparto de Murcia entre Castilla y Aragón, por lo que la sentencia tuvo desde el primer momento un carácter completamente provisional28 . 22 Abelardo MERINO ÁLVAREZ, Geografía histórica de la provincia de Murcia, 3S edlc, Murcia, 1981, p. 75. 23 Francisco CÁSCALES, ob. cit., pp. 83-84. 24 Juan TORRES FONTES, «La delimitación del Sudeste Peninsular (Torrellas-Elche, 1304-1305)», en Anales de la Universidad de Murcia, 1951, p. 17 (de la separata). 25 César GONZÁLEZ MÍNGUEZ, ob. cit, pp. 136-138. 26 Ch. E. DUFOURCQ, UEspagne catalane etle Magrib auxXllle etXIVe siécles, París, 1966, p. 378. 271 Como en la sentencia no se indicaba por donde se debía trazar la frontera entre el Segura y Villena, hubo ya entonces discusión entre ambas partes por la posesión de distintos lugares y términos que quedaban sin asignar o imprecisos, como sucedió con Yecla y Jumilla, entre otros. Para resolver dudas y reclamaciones fue preciso nombrar unos encargados —Diego García de Toledo, Canciller de Fernando IV, por parte castellana y Diego García, por parte de Jaime II— que sobre el terreno, llevaran a cabo las delimitaciones entre ambos reinos. Se llegó a un acuerdo —Elche, 19 de mayo de 1305— que fijaba la frontera entre Caudete, perteneciente a Aragón, y Almansa y Pechín, de Castilla. Luego, por entre Jumilla y Letur continuaba para dirigirse a Tobarra, Hellín y Cieza hasta el Segura, exceptuándose a Yecla y su término, que quedaban en propiedad de don Juan Manuel y en jurisdicción del rey de Castilla, formando un enclave dentro del reino de Aragón. La frontera arrancaba, pues, desde un punto situado, aproximadamente, en las cercanías de la actual Venta la Encina, para seguir por la sierra de las Cabras hasta Cieza y continuar el curso del río Segura entre Beniel y Orihuela hasta Guardamar, que quedaba para Aragón; se segregaba así de la conquista de Alfonso X el Sabio todo el valle de Ayora, donado anteriormente en el tratado de Campillo (1281), los partidos de Villena, Caudete, Jumilla y la casi totalidad de la actual provincia de Alicante27 . Abanilla, Jumilla y Villena con sus términos fueron lugares cuya posesión reclamaron continuamente los castellanos y, en diferentes etapas cronológicas, serían reintegradas a su Corona. En cuanto Cartagena, tras la reivindicación que de ella hizo don Juan Manuel, fue cedida a Castilla en el tratado de Elche. El Profesor Torres Fontes no duda en calificar de disparate geográfico, histórico y político la división en dos partes del valle del Segura. Región bien definida y con características naturales, sociales, económicas y humanas y cuya compacta unidad histórica se había mantenido en todo tiempo hasta entonces. Arbitrariedad que iba a perpetuarse y daría lugar, en determinadas ocasiones, a enfrentamientos entre estas dos zonas tan afines, pues la política se impuso a lo que la naturaleza y el quehacer de los hombres había unido. Supone también la creación de una frontera activa, tanto en la guerra como en la paz, a la que tuvieron que prestar permanente atención los concejos murciano y oriolano, pues las situaciones conflictivas se sucedieron durante más de dos siglos. Y, por otra parte, Aragón no conseguiría dos de los objetivos proyectados en su intervención, ya que Castilla mantenía su litoral mediterráneo y, por otra parte, la posibilidad de frontera territorial con Granada se perdía definitivamente. En resumen, como afirma Dufourcq, desde el punto de vista territorial y político los acuerdos de Torrellas-Elche constituyeron un error aunque sirvieron para acabar con la tensión bélica existente entre Castilla y Aragón y para estabilizar la frontera entre ambos reinos en la fachada mediterránea, pero al mismo tiempo permitieron al imperialismo barcelonés fortificarse sobre una parte del litoral ibérico de la denominada «Mancha mediterránea».

jueves, 4 de mayo de 2017

LA PARTICIPACIÓN NAVARRO-ARAGONESA EN LA PRIMERA CRUZADA

Existio a lo largo del siglo undécimo una corriente espiritual que movió los ánimos del pueblo cristiano a visitar los Santos Lugares donde Nuestro Señor Jesucristo sufrió mar-
tirio para conseguir la Redención del mundo.

Este movimiento de penitencia y peregrinación todavía se
hizo más patente y fuerte en los últimos años del pontificado del
papa Gregorio VII hasta llegar a culminar, con un carácter
marcadamente guerrero, en la primera Cruzada.

Dice Glaber que en estos tiempos los hombres de las más
diversas condiciones se dedicaron a peregrinar, dirigiéndose
una innumerable multitud de fieles hacia el Santo Sepulcro,
donde muchos preferían morir antes que volver a su patria.
En Navarra y Aragón, unidos desde 1076 con el rey Sancho
Ramírez tras la muerte de Sancho de Peñalén, así como en el
resto de la España cristiana, este espíritu no fué extraño.
En el documento que Raimundo Dalmacio, obispo de Roda
(Huesca), concedió a la iglesia de Tolva con motivo de su con-
sagración en el año 1080 se dice, que si algún hombre o mujer
quisiese ir a visitar Jerusalén, San Pedro de Roma, Santiago de
Galicia o Notre Dame du Puy o hacer cualquier otra peregrinación y fuese a la iglesia recientemente consagrada o enviase
su limosna, le valiese tanto ante Dios como si verdaderamente
hubiese hecho tales peregrinaciones (2). Esta concesión nos
indica que en aquel entonces las peregrinaciones a Jerusalén no
eran raras ni difíciles ya que se equiparaban a las efectuadas a
Santiago de Compostela, Roma, Notre Dame du Puy, o a la di-
ficultad que suponía visitar Tolva en el Pirineo aragonés.
Por otro lado vemos que tales peregrinaciones eran movidas
por un espíritu de penitencia y devoción según se desprende de
la bula dirigida por el papa Urbano II el día 1 de julio de 1089,
estando en Roma, al conde Berenguer Ramón de Barcelona, a
Ermengol de Urgel y a Bernardo, conde de Besalú, pidiéndoles
que ayudasen al obispo de Vich en la conquista de Tarragona,
y ordenando a cuantos hubiesen de ir a Palestina o a cualquier
otra parte para cumplir alguna penitencia o por espíritu de de-
voción, que dedicasen sus esfuerzos a la conquista de la silla
(2) . ..si esset homo vel femina que voluisset pergere ad Sanctam Ierusalem vel
ad Sanctum Petrum Rome aut ad Sanctum Iacobum Galissie seu ad Sanctam Ma-
riam de Podio vel in aliam peregrinationem et venisset ad locum illum et ibi mi-
sisset suam helemosinam tatum prodesset sibi quantum si pergere ad illas peregri-
nationes. Publ. este extraño documento TRAGGIA, Aparato a la historia eclesiástica
de Aragón, II, 431; LA CANAL, Esp. Sagr., XLVI, 227.
Las peregrinaciones a Roma eran frecuentes. García de Nájera fué en los últi-
mos años del reinado de su padre Sancho el Mayor (H.ª Silense, edic. SANTOS
COCO, 64).
El aragonés Sancho Ramírez dejó en 1068 por unos meses el reino para visitar
la Santa Sede (KEHR, Wie und wann wurde das Reich Aragon ein Lehen der roe-
mischen Kirche?, 18 y 35, traducido al español con el título Cómo y cuándo se hizo
Aragón feudatario de la Santa Sede, ap. «Estudios de Edad Media de la Corona de
Aragón», I (Las citas de las páginas se refieren a la edición separata española).
El 18 de febrero de 1061 Iñigo López e Iñiga, su esposa, antes de partir para
Roma, dan sus bienes al monasterio de San Juan de la Peña (Libro Gótico, fol. 39
v°. 40 r.°).
En 1081 Aznar y su esposa Blasquita hicieron testamento con motivo de su
viaje a Roma (IBARRA, Documentos correspondientes al reinado de Sancho Ramí-
rez, Zaragoza, 1913, 152).
Iñigo Sanz, reinando Pedro I (1094-1104), hizo testamento con motivo de su
viaje a Roma dejando a su esposa doña Eldregoto de Asieso todo su patrimonio,
exceptuando lo que daba a Leire, San Juan de la Peña y San Pedro de Jaca (Lérida,
Arch. de Roda, carp. 4.a, n.° 227, Carolina).
El año 1095 doña Teresa ofrecía al monasterio de San Millán por el alma de
BU marido García Sánchez los palacios y dependencias que tenía en Azqueta por si
moría durante su peregrinación a Roma (SERRANO, Cartulario de San Millán de
la Cogolla, Madrid, 1930, n.° 285 bis).
Y por último citaremos una donación sin fecha conservada en el Libro Gótico
de San Juan de la Peña por la que Lópiz entrega sus bienes a sus parientes antes
de partir para Roma (Libro Gótico, fol. 86 r.°).

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Antonio Ubieto Arteta
359
metropolitana tarraconense para lo cual les eximía de sus pro-
mesas, conmutándoselas (3).
Un Obispo Frances
El asentamiento definitivo en los reinos de Sancho Ramí-
rez de los monjes cluniacenses hizo que se instaurase en la sede
episcopal de Pamplona un hombre de nacionalidad francesa,
Pedro de Roda (1083-1115), rompiendo la tradición establecida
de antiguo en el reino navarro de elegir para obispo de Iruña
a un monje del monasterio de San Salvador de Leire (4).
Después de la muerte del obispo don Blas (1078) la sede na-
varra había seguido un régimen anticanónico: el obispo de Jaca,
García, hermano del rey Sancho Ramírez, se había hecho cargo
de la seda iruñesa. Y poco antes de la muerte de este prelado
en 1086 fué alzado a la sede de Pamplona el antiguo monje de
San Ponce de Torneras Pedro de Roda, debido a la instigación
(3) JL. 5401 (4035). GUDIOL, ob. cit., 97, la toma de MONCADA, Episcopo-
logio de Vich, I, doc. XVIII.
Urbano II, en bula interpolada y expedida en Roma el 25 de diciembre de 1096
(JL. 5674) y dirigida al arzobispo de Toledo don Bernardo, le exhorta a que cambie
el voto que había hecho de ir a Jerusalén por la obligación de ayudar a restaurar
la iglesia de Tarragona.
Otra nueva bula, al parecer también interpolada (JL. 5814), prohibe a Alfon-
so VI de Castilla que deje su patria, vejada por los musulmanes, para ir a Je-
rusalén.
El papa Pascual II, que ya había extendido la bula anterior, dirigió el 14 de
octubre de 1100 un documento a Alfonso VI de Castilla doliéndose de sus angustias
y prohibiendo nuevamente que saliesen caballeros para Tierra Santa tanto de sus
reinos como de los vecinos (JL. 5840).
Esta prohibición no fué respetada en el reino castellano y el mismo papa hubo
de dirigir el 25 de marzo siguiente una carta a los clérigos y fieles del reino de
Alfonso VI reprendiéndoles por su desobediencia (JL. 5863).
Un testimonio de esta desobediencia lo encontramos en el documento de
venta hecho por Fernando Laínez al abad don Diego por el que entregaba aquél su
dehesa de Villatoro a cambio de ciento ochenta sueldos de plata. Escrita el 12 de
febrero de 1101 fué confirmada por «Fernandus comes, anuo quo venit ex Iherosoli-
mis (Publ. FITA, Fidel, Concilios de Palencia y Gerona, ap. B. A. H., XXIV
(1894), 231).
(4) GAVIRA, José, Estudios sobre la Iglesia española medieval. Episcopolo-
gios de sedes navarro-aragonesas durante los siglos XI y XII, Madrid, 1929, 85.
Don Pedro era hijo de Dido de Andoca y de doña Estefanía, que en 1110 conce-
dieron a Santa Fé de Conques el lugar de Planeas (DESJARDINS, Cartulaire de
L'abbaye de Conques, n.° 482).

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360 La participación navarro - aragonesa en la primera Cruzada
y maquinaciones del legado pontificio Frotardo, abad del mo-
nasterio citado (5).
El obispo don Pedro a lo largo de su episcopado siguió man-
teniendo relaciones cordiales con el monasterio de San Ponce y
frecuentemente se encaminaba a tierras francesas, por lo que
estaba al tanto de todos los movimientos de carácter espiritual
que puniesen existir en las tierras del Midi. Y esto nos hace
considerar a don Pedro como el introductor de las ideas de pe-
regrinación en Navarra, ya que a partir de la fecha de su exalta-
ción a la sede pamplonesa comienzan a aparecer los caminantes
dirigiéndose a Tierra Santa. Es de suponer que él, de la misma
forma que lo hicieron sus sucesores, protegería a los peregri-
nos (6).
La Primera Cruzada
Las narraciones de los que regresaban de Jerusalén hicie-
ron que cristalizase, tomando forma definitiva, la corriente de
penitencia en la primera Cruzada contra los infieles detentado-
res de los Santos Lugares (7).
Conocida es la preparación de esta empresa religiosa. En
marzo de 1095 se celebró un sínodo en Plasencia; desde allí el
papa Urbano II se dirigió a Clermont donde abrió un concilio,
ya en el mes de noviembre, y, hablando a los congregantes de
la consagración de Palestina y de las calamidades y apuros su-
fridos por los habitantes cristianos, ante la indignación de los
concurrentes, se decidió la guerra santa.
Los cruzados deberían salir para Oriente por diferentes ca-
(5) KEHR. P., Das Papsttum und die Königreiche Navarra und Aragon bis
zur mitte des XII Jahrhunderts, 111-118, traducido al español con el título El Papado
y los reinos de Navarra y Aragón hasta mediados del siglo XII ap. «Estudios de
Edad Media de la Corona de Aragón», II, 74-186. (Las páginas que citamos corres-
ponden a la trad. española).
(6) Por estos momentos aparecen en Navarra los hospitales y asilos para pe-
regrinos en los pasos difíciles del Pirineo (LACARRA. Rutas de peregrinación, ap.
«Pirineos», II, 8.
En Aragón con posteriores. Vid. la carta de franquicia hecha por la condesa
doña Sancha a García Sanz para que tuviese la alberguería de Canfranc al servicio
de los pobres y peregrinos (ARCO, R. del., El monasterio de Santa Cristina, ap.
«Linajes de Aragón», V, 105).
(7) Vid. Rene GROUSSET, Histoire des Croisades et du Royaume franc de Jé-
rusalem, París, 1934, I. 1 y ss. Del mismo autor vid. L'épopée des croisades, Pa-
rís, 1939.

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Antonio Ubieto Arteta
361
minos ei próximo día 15 de agosto de 1096 y reunirse en Cons-
tantinopla desde donde pasarían al Asia Menor.
De acuerdo con este plan, no mucho después, comenzaron a
congregarse los futuros combatientes. Las primeras expedicio-
nes llegaron a Constantinopla en el mes de diciembre de 1096 y
las últimas en abril del año siguiente. Poco después comenzaba
la lucha.
Ei día 15 de mayo de 1097 era cercada Nicea; el 3 de junio
de 1098 cayó Antioquía en poder de los cruzados; el 7 de junio
de 1099 acamparon los cristianos ante Jerusalén y el día 15 de
julio siguiente fué conquistada la Ciudad Santa. Y poco des-
pués los caballeros cruzados comienzan el regreso a sus tierras.
¿Hubo Cruzados Navarros?
Ahora bien; cabe preguntarnos qué participación tuvo el
reino navarro- aragonés en esta empresa.
De un autor que escribió un libro de divulgación sobre Na-
varra y las Cruzadas copiamos lo siguiente: «En esta memorable
jornada cupo no pequeña gloria a Navarra, que sin dejar de gue-
rrear en sus fronteras con los enemigos de la Cruz y teniendo
estrechamente asediada a Huesca, volaron a la conquista de Je-
rusalén no pocos de sus hijos llevados de su fervor religioso.
Tales fueron D. Aznar Fortúnez de Etádar, muerto en Pa-
lestina; D. Juan Cruzat tronco de la novilísima familia de este
apellido, los caballeros hermanos D. Fortún y D. Sancho Iñiguez,
otro pariente de estos D. García Iñiguez de Mendinueta, su hijo
D. Aznar Garcés partió también a la Cruzada de Tierra Santa
dejando su hacienda de Oteiza a San Salvador de Leire; el tan
alabado por Lope de Vega en su epopeya trágica La Jerusalén
conquistada, D. Enrique de Baztán o Bazán, que con cien hidal-
gos bazíaneses, dice D. García de GONGORA, asistió a la con-
quista de Tierra Santa con el infante de Navarra D. Ramiro,
sobrino del rey D. Sancho IV el de Peñalén» (8).
Pero el P. VERA recogió muchas noticias falsas y preciso
(8) VERA IDOATE, Gregorio, Navarra y las Cruzadas, Pamplona, 1931, 70-71.
MICHAUD, Historia de las Cruzadas, Barcelona, 1886, 62, al hacer relación nominal
de los caballeros que acompañaron a Raimundo de Tolosa no menciona aragoneses
ni navarros

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362 La participación navarro - aragonesa en la primera Cruzada
será que hagamos algunas consideraciones sobre la posible asis-
tencia de cada uno de los personajes que en su trabajo alude.
Aznar Fortún
La posible participación del señor Aznar Fortún la podemos
estudiar merced a un documento conservado en el Archivo Ge-
neral de Navarra por el cual doña Sancha Jiménez, viuda del
antedicho señor, «qui apud Iherosolimitanum iter defunctus
est», concedió en el año .1111 al monasterio de Irache el de San
Pedro que ella tenía en la villa de Etádar, juntamente con la vi-
lla de Aideico (9).
Nos explica este documento cómo doña Toda Aznar, viuda
del señor Fortún López, y madre de don Aznar Fortún, dió en
el momento de su muerte en 1087 por la salvación de su alma y
la de su marido al monasterio de Santa María de Irache las
partes que le correspondían del monasterio de San Pedro de
Etádar, una viña que ella misma había plantado, los molinos si-
tuados en Ollo y la iglesia de Santa María de Murieta con toda
su raíz (10). Esta donación la hizo cumpliendo los deseos de su
marido, que le había ordenado repartir sus bienes en beneficio
de sus almas. La hizo con la autorización y en presencia
de su hijo Lope Iñiguez, de su yerno Monio Moniez, de su
hija Toda Enecoiz y de los señores Lope López de Arteta y Pe-
dro de Ataondo. con la intención de que ninguno de sus hijos la
inquietase e intentase contrariarla.
Como podemos apreciar la donación se hizo estando ausen-
tes Aznar Fortún y su esposa. Quizá esto les serviría de punto
de apoyo para negarse a entregar los bienes que por decisión
testamental de su madre deberían pasar a poder del monasterio
de Irache.
El caso es que los del cenobio protestaron ante el rey San-
cho Ramírez y éste, para solucionar el pleito, decidió celebrar
una vista del proceso ante su presencia. Aznar Fortún hubo ne-
cesidad de declarar ante el rey y el abad Vermudo la injusta
retención de los bienes y la evidencia del perjuicio causado a los
monjes de Irache. Después, todos acordes, decidieron que Az-
(9) Vid. doc. n.° VIII.
(10) Vid. la donación ap. A. G. N., Irache, 162, original. Hay copia en el
Becerro, fol. 23 r.°

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Antonio Ubieto Arteta
363
nar los siguiese poseyendo hasta el momento de su muerte tras
de la cual pasarían, sin contratiempo alguno, a depender direc-
tamente del monasterio.
Una vez que el señor Aznar Fortún murió, su viuda doña
Sancha Jiménez, entregó en 1111 el monasterio discutido de San
Pedro de Etádar al de Santa María de Irache cumplimentando
lo acordado.
Ahora bien; el documento no dice que don Aznar muriese
en Palestina sino «apud Iherosolimitanum iter», o sea en el ca-
mino de Jerusalén no en el lugar terminal del viaje (11).
En cuanto a la fecha segura de la muerte del señor Aznar
Fortún es difícil de precisar con los pocos datos que hoy posee-
mos.. Considerando que el documento de donación hecho por la
viuda de dicho señor es de 1111 y que en tal fecha los cruzados
habían vuelto de Palestina hacía una década y que la devolu-
ción sería hecha tan pronto como se conociese la noticia del
óbito, podemos conjeturar que fué muy posterior a la primera
Cruzada el viaje de tal señor a Tierra Santa y ya en plan de
peregrinación.
Juan Cruzat
Comencemos notando que la existencia de tal señor la pone
ya en evidencia el mismo VERA IDOATE. suponiendo que se
confunde con don Beltrán Cruzat, asistente a la tercera Cruzada.
La noticia de su participación la debió de tomar de la Cró-
nica de mosén Diego Ramírez Avalos de la Piscina a través de
ANSOLEAGA que asegura la participación de Juan Cruzado,
acompañante del infante don Ramiro, y seguidor de Godofredo
de Bullon (12).
(11) La noticia de la muerte de este caballero a manos de los sarracenos pro-
viene de unas palabras copiadas en el Becerro por su escriba que fueron anuladas
por el medio corriente en la Edad Media consistente en poner un punto debajo de ia
letra que se pretendía borrar.
Posteriormente un Fortún López de Etádar dió al mismo cenobio de Irache la
tercera parte del monasterio de San Pedro de Etádar. El documento (Bec. Irache,
fol. 60 v.°) carece de fecha, notándose únicamente que era abad del monasterio don
Pedro (1122-1131).
(12) Crónica de los Reyes de Navarra por Diego RAMIREZ AVALOS DE LA
PISCINA, ap. A. G. N., sección Historia, leg. 2.°, carp. 1.a, año 1534. Hay una copia
en la Bibl. Universitaria de Zaragoza, ms. 202.
ANSOLEAGA, Florencio de, El Cruzado y los Cruzates, ap. «La Avalancha»,
Pamplona, año XX (1914), 198-199. Para el infante don Ramiro vid. unas líneas
más abajo.

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364 La participación navarro - aragonesa en la primera Cruzada
La Crónica aludida, llena de leyendas fantásticas, merece
poco crédito; el apellido Cruzat no lo hemos encontrado en nin-
guno de los muchos documentos navarros que hemos consultado
correspondientes a estos tiempos, y por último señalaremos que
difícilmente pudo acompañar el aludido señor, aun en el caso de
existir, al infante don Ramiro a la primera Cruzada, por el sen-
cillo motivo, de que, como veremos más abajo, aquél tampoco
fué.
Fortún y Sancho Iñiguez
La participación de Fortún y Sancho Iñiguez nos es más
conocida.
En 1097, fecha posterior a la salida de los primeros expedi-
cionarios cruzados, don Fortún hizo donación al monasterio de
San Salvador de Leire de los mezquinos que poseía en San Vi-
cente de Olaz, así como de las tierras y viñas que tenía en el
día que quiso marcharse a Jerusalén, bajo la condición de que si
su hermano regresaba de Tierra Santa, a donde había ido con
anterioridad, dispusiese de su parte. Y en el caso de que ambos
muriesen en el camino sus posesiones pasarían a depender del
monasterio legerense (13).
La fecha de la marcha de don Sancho la desconocemos, si
bien sabemos que en enero de 1104 se encontraba en su residen-
cia habitual vendiendo al monasterio de Leire el honor que tenía
en San Vicente por cincuenta dineros de Jaca y tres cahíces de
trigo (14).
García Iñiguez de Mendinueta y Aznar Garcés
La participación de García Iñiguez de Mendinueta la vemos
más problemática; casi nos atrevemos a asegurar la imposibi-
lidad de que tal señor pudiese ir a visitar los Santos Lugares y
desde luego negamos rotundamente su marcha en plan guerrero
formando entre los cruzados.
(13) Vid. doc. n.° III.
(14) Becerro de Leire, 114. En el mismo año cambió con el abad del citado
monasterio unas tierras en San Vicente por otros terrenos y viñas situadas en Na-
vardún, bajo la condición de entregar anualmente las décimas de tales heredades
(Bec. Leire, 115).

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Antonio Ubieto Arteta
365
Una concordia celebrada en 1094 entre el abad de Leire
Raimundo y el señor Aznar Garcés de Mendinueta puede darnos
alguna luz sobre este punto (15).
Don García Iñiguez, padre del señor Aznar Garcés de Men-
dinueta, en la fecha que tomó el hábito monástico en Leire, dió
al monasterio de San Salvador un palacio situado en la mencio-
nada villa de Mendinueta con toda su raíz, dejando las demás
posesiones que tenía para sus hijos.
Una vez muerto el padre, los hijos se repartieron los bienes,
yendo a parar a manos de don Aznar lo de Mendinueta. Poco
tiempo después concordaron el abad de Leire, don Raimundo, y
don Aznar, con el consentimiento de sus hermanos, que éste res-
taurase el citado palacio, ya destruido por el tiempo, y que le-
vantase unas casas con todas las dependencias necesarias, que
cultivase las tierras y viñas de San Salvador, que criase bueyes,
ovejas, etc., etc., durante el resto de su vida bajo la condición
de que una vez que muriese pasase todo, juntamente con su
cuerpo, a manos del monasterio de Leire y de sus monjes. Ade-
más irían a parar al citado cenobio los bienes que don Az-
nar pudiese adquirir durante su vida, teniendo mientras tanto
la obligación de pagar los diezmos a la limosnería, amén de en-
viar una vez al año pan, vino, requesón y peces para todos los
monjes en alguna festividad solemne con el objeto de que éstos
rogasen por su alma y la de sus parientes.
Algún tiempo después, así lo hace suponer la redacción de
la carta donde se hacían constar todos estos términos, con mo-
tivo de la marcha de don Aznar Garcés al Santo Sepulcro del
Señor se escribió el documento-concordia y, entonces por vez
primera, daba el citado señor a San Salvador de Leire todo el
alodio que tenía en Oteiza, en la suposición de que su hijo Lupo
muriese sin tener hijo legítimo.
Como el acuerdo es de 1094 y no se expresa el de salida del
señor Aznar no podemos rechazar ni aceptar su ida a Tie-
rra Santa como cruzado. Lo que sí aseguramos rotundamente
(15) La utilizaremos seguidamente. Vid. doc. n.° 1.
En el documento se apellida a don AZNAR, AZNAREZ, pero al final él mismo
se denomina ACENAR ARCEIZ. Esto y el ser hijo de un García hace que nosotros-
lo apellidemos Garcés.

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366 La participación navarro - aragonesa en la primera Cruzada
es la imposibilidad de la asistencia de don García Iñiguez de
Mendinueta, ya que en 1094 había muerto (16).
El Infante don Ramiro
La participación del infante navarro don Ramiro es tam-
bién problemática. Las noticias a él referentes y anteriores a
su exaltación al señorío de Monzón son escasas por demás.
MORET opina que se estableció en Navarra después de la
ayuda prestada por Pedro I al Cid Campeador (17). Hacia 1098
contrajo matrimonio con doña Cristina, hija del citado héroe
castellano, por mediación del rey aragonés Pedro I (18). En 1104
aparece como tenente de Urroz en la donación que Pedro I y el
monasterio de San Salvador de Leire hicieron a Iñigo Fortuñón
entregándole la villa de Sansoain (19).
GAZTELU asegura que don Ramiro acudió con una parte
de la nobleza navarra a la primera Cruzada, partiendo el día 15
de marzo de 1095 acompañado, entre otros caballeros, de don
Pedro de Guevara y de don Arnaldo de Ezpeleta, siendo otro de
los que componían la expedición nada menos que Teodosio de
Goñi, famoso fundador del monasterio de San Miguel de Ara-
lar (20).
Claro está que no podemos admitir tal cantidad de incon-
gruencias.
El infante don Ramiro no pudo salir con sus acompañan-
tes de tierra española el día 15 de marzo de 1095 para asistir a
(16) Como el mismo VERA IDOATE, ob. cit., 71, admite la falsedad de la
participación de don Enrique Bazán, citando a MADRAZO, evitaremos repetir los
argumentos de este último.
(17) MORET, Anales, 1766, II, 206. MENENDEZ PIDAL, Ramón, La España
del Cid, Madrid. 1929, 829, señala cómo ZURITA (Anales, I, 23) y la Crónica de
San Juan de la Peña se equivocan al suponer que don Ramiro se refugió en Valencia
con el Cid a la muerte de Sancho de Peñalén en 1076, ya que el Campeador no apa-
rece en tierras valencianas hasta el año 1089.
(18) MENENDEZ PIDAL, ob. cit., 1929, 600.
(19) Bec. Leire, 63; Comptos, caj. 1, n.° 1-9, copia de 1512.
Poco después encontramos a don Ramiro como señor de Monzón entre los años
1106 y 1116 (CORONA, Las tenencias en Aragón desde 1035 a 1134, ap. Estudios
de Edad Media de la Corona de Aragón», II, 396.
(20) GAZTELU, Rafael, La tradición de San Miguel de Excelsis, ap. «La Ava-
lancha», XIV (1908), 89, 90, 100 y 127, citando constantemente la crónica que arriba
hemos mencionado.
GARIBAY, Compendio historial, III, 113, no se atreve a afirmar la presencia
de don Ramiro en la primer Cruzada, señalando, únicamente, que ésta es la opinión
de otros autores.

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Antonio Ubieto Arteta
367
la primera Cruzada por el sencillo motivo de que en aquel enton-
ces no se había predicado, ya que el concilio de Clermont donde
se decidió la marcha sobre Palestina, se reunió unos meses más
tarde.
Se nos podía argumentar que don Ramiro salió en la fecha
indicada como peregrino y después le sorprendió la Cruzada,
incorporándose a ella. Tampoco lo admitimos; hemos de supo-
ner que por lo menos habría permanecido en el ejército cristiano
hasta la conquista de Jerusalén; sin embargo lo encontramos en
Valencia hacia 1098 contrayendo matrimonio con una hija del
Cid y en julio de 1099 acompañando el cuerpo del Cid a Car-
deña (21).
En cuanto a la presencia de Teodosio de Goñi únicamente
señalaremos el anacronismo que supone colocarlo en estos tiem-
pos cuando Pedro I de Navarra concedía a San Miguel de Ex-
celsis algunos bienes (22).
Saturnino Lasterra de Artajona
La presencia de este presunto cruzado fué ya desechada por
MADRAZO, negando su existencia y destruyendo la leyenda que
señala a Saturnino como el portador de la santísima Virgen de
Jerusalén, venerada en la villa de Artajona, notando que la ima-
gen pertenece por lo más antiguo al siglo XIII y que la inscrip-
ción contenida en el hueco de la sagrada imagen es una falsifi-
cación tardía y hecha con caracteres que no denotan la antigüe-
dad que pretenden, conteniendo además una serie de contradic-
ciones de carácter elementalmente histórico (23).
Nosotros reforzaremos la tesis sostenida por MADRAZO
señalando que entre los abundantísimos documentos referentes
a la iglesia de Artajona, y pertenecientes a estos últimos años del
siglo XI que se han conservado (24), donde con toda prolijidad
(21) MENENDEZ PIDAL, Ramón, Primer Crónica General, Madrid, 1905, nú-
mero 959.
(22) En el mes de febrero de 1096 concedía don Pedro a San Miguel la villa de
Murguito (Arch. Cated. Pamplona, Arca I Cantoris, n.° 37, 30.° Hoy este documento
se ha perdido. Lo publica ARIGITA, Historia de la Imagen y santuario de San Mi-
guel de Excelsis, Pamplona, 1904, apénd. 8, 189).
(23) MADRAZO, España: Navarra y Logroño, Barcelona, 1886, III, 39 a 42.
(24) Publicados por DOUAIS, C, Cartulaire de l'Abbaye de Saint-Sernin de
Toulouse, París-Toulouse, 1887.

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368 La participación navarro - aragonesa en la primera Cruzada
se citan los personajes de tal villa, ni tan solo una vez hemos
encontrado el nombre de este presunto cruzado (25).
Nuevos Peregrinos
Vemos que hasta este momento ninguna de las personas
encaminadas a Tierra Santa marcharon en plan guerrero, pues
ni siquiera coincidieron con la Cruzada, sino que emprendieron
el viaje en épocas distintas y llevados por un espíritu piadoso
y de penitencia más que belicoso.
Además de los caballeros citados por VERA IDOATE hubo
otros muchos del reino navarro-aragonés que fueron en peregri-
nación a visitar el Santo Sepulcro de Nuestro Señor.
El Conde Sancho Ramírez
Don Sancho Ramírez, hermano bastardo del monarca ara-
gonés del mismo nombre, deseando visitar «causa orationis» los
lugares donde el Salvador sufrió martirio y entrevistarse con
su hermano antes de emprender la marcha, fué en la cuaresma
de 1092 al monasterio de San Juan de la Peña, donde estaba re-
sidiendo corporalmente el rey. Los monjes aprovecharon esta
ocasión para conseguir la confirmación de la novena de los tér-
minos y pobladores de la villa de Aibar (26).
(25) MADRAZO, ob. cit., 39, señala a D. Ruperto URRA como el inventor de
esta tradición en su Novena de la Virgen Santísima de Jerusalén, patrona de la villa
de Artajona, Pamplona. 1875.
Sin embargo CLAVERIA Y ARANGUA, Iconografía y santuarios de la Virgen
en Navarra. Madrid, 1944, II, 241, nota cómo URRA no hizo otra cosa que publicar
un manuscrito guardado en la parroquia de Artajona y escrito por don José OROR-
BIA en el año 1729.
Tomás BIURRUN. Boletín eclesiástico, Pamplona, 1929, febr., 75-76, aceptó la
autenticidad del pergamino, de la imagen y de la tradición, fijándose más que en
nada en la autoridad de SANDOVAL.
V. JUARISTI, en un artículo publicado en el «Diario de Navarra» el día 7 de
julio de 1930, negó la autenticidad de la imagen y la leyenda de Saturnino de Las-
terra (Cf. CLAVERIA, ob. cit., II. 247).
Recientemente el P. Antonio PICORNELL, M. SS. CC, Nuestra Señora de Je-
rusalén. Pamplona, 1946, ha vuelto a editar la novena de URRA aceptando la falsa
tradición sin aportar nuevos datos.
(26) BRIZ MARTÍNEZ, Juan, Historia de la fundación de San Juan de la Pe-
ña, Zaragoza, 1620, 558. Publica el documento IBARRA, ob. cit., 205.
El 9 de agosto de 1094 hizo testamento el caballero Bernardo Ramón antes de
partir para Tierra Santa (Cf. PAZ, Julián, Documentos relativos a España existen-
tes en los archivos Nacionales de París, Madrid, 1934, 1).

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369
Mir Gombal
Un ribagorzano, Mir Gombal. a causa de la necesidad que
tenía de ir a Jerusalén, en el año de 1096 vendía, juntamente con
su hijo Pedro y su nuera Sancha al obispo de Roda (Huesca),
don Lupo, el castillo de Canalillos y con el producto de tal venta
pudo satisfacer sus intenciones (27).
D. Fortún Sánchez y la Infanta D.a Ermesinda
Una carta de venta hecha en Huesca el año 1100 por Fortún
Sánchez y su esposa la infanta doña Ermesinda, hija del rey
navarro García de Nájera, señala cómo vendieron al obispo don
Esteban de Huesca lo que tenían en dicha ciudad para conseguir
dineros con los cuales pudiesen efectuar un viaje a Palestina y
avituallarse durante el camino. Antes de efectuar esta venta
acudieron a sus parientes y amigos, más tarde a cualquiera que
le pudiese interesar ya fuese cristiano, moro o judío, pero
nadie quiso entregar el dinero que pedían poique era con-
siderado excesivo. En última instancia acudieron al díscolo
obispo de Huesca, don Esteban, y éste, movido tal vez por la
caridad cristiana, les compró una viña que era del exarico Al-
chozen con todo el alodio que tenían y el rey les había dado, ade-
más de una viña situada junto a los molinos de la puerta Sir-
cata. De la misma forma el obispo oscense les compró dos lina-
res que estaban situados junto al molino de don Fruila y el huerto
de Montearagón por la cantidad de mil sueldos (28).
El matrimonio emprendió la marcha y no volvemos a tener
de ellos noticias hasta el año 1109, fecha en que vendieron ai
monasterio de San Salvador de Leire la mitad de la villa de Na-
vasa y el palacio que allí tenían por tres mil sueldos de moneda
de Jaca.
Fortún Sánchez empleó los tres mil sueldos para la reden-
ción de la cautividad en que había caido, librándose «de potes-
(27) YELA UTRILLA, El Cartulario de Roda, Lérida, 1932, 65. Vid. doc. n.º II.
(28) Publ. R. del ARCO, Huesca en el siglo XII, Huesca, 1921, 130.
El día 1 de julio de 1100 dieron a San Salvador de Leire un monasterio en el
puerto de Auriz, un palacio en Erro, además de unos cubilares (Bec. Leire, 272).
El 1 de junio de 1110 concedieron al mismo monasterio de Leire la villa de Yéqueda
con todos sus términos y dependencias (Bec. Leire, 143).

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370 La participación navarro - aragonesa en la primera Cruzada
tate manuum ysmahelitarum pessimorum» (29) lo que parece
indicar que bien durante su viaje o durante alguna expedición
militar en tiempos de Alfonso el Batallador debió de caer pri-
sionero de los musulmanes.
Pedro I, Cruzado
En el año 1101 el rey navarro-aragonés Pedro I quiso em-
prender una cruzada contra Jerusalén, pero no llegó a efectuar-
la por la prohibición que recibió del papa Pascual II, encargán-
dole, en cambio, que se preparase para avanzar sobre Zaragoza
con la ayuda de gentes francas. Esta ayuda franca se tradujo
en la toponimia aragonesa con el nombre de Juslibol —el Deus
lo vol (Dios io quiere) de los cruzados—, con que se designa un
poblado conquistado por los cristianos para atacar la ciudad del
Ebro (30).
Aznar Jiménez
A mediados de febrero de 1102 dieron doña Sancha de Otei-
za y su sobrino Aznar Jiménez al monasterio de Leire la iglesia
y el monasterio de San Juan de Oteiza con todos los bienes que
le pertenecían en aquel lugar, juntamente con su decanía y la
heredad de Ibizbilce donde estaba situada la iglesia de San Sal-
vador, además de la heredad de Villoría, que la compró Sancho
por dos caballos de doscientos sueldos.
Aznar Jiménez, de la misma manera que su padre había con-
cedido la décima parte de su palacio de Oteiza, otorga al citado
monasterio de Leire todo lo que tenía, con objeto de poder alcan-
zar la vida eterna.
El documento de donación fué hecho el 15 de febrero de
1102 y suscrito por varios personajes entre los que figuran, na-
turalmente, los dos donantes. Pero años después, así lo hace su-
poner la redacción del documento, cuando don Aznar Jiménez
(29) Bec. Leire, 88.
(30) El año 1101 el abad Sancho de San Juan de la Peña concedía a Sancho
y Fortún Aznar una casa en Javierre a cambio de un censo anual de un cahiz de
trigo y un nietro de vino. La concesión «fuit facta in anno quando rex acepit crucem
per ad Iherosolimitanis partibus» (A. H. N., San Juan, leg. 446, 459, copia carolina).
Sobre esta Cruzada nos ocupamos en nuestra tesis sobre Pedro I de Aragón y
Navarra.

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Antonio Ubieto Arteta
371
vino de Palestina, en fecha que desde luego ignoramos, ordenó
que la potestad que el abad de Leire tenía sobre sus antiguas
posesiones de Oteiza y de Lizaverría, se extendiese a las demás
decanías de San Salvador (31).
Sancha Jiménez
Tres años más tarde doña Sancha Jiménez, deseando cami-
nar hacia el Santo Sepulcro del Señor, decidió hacer testamento
de sus bienes con objeto de que todo el mundo supiese el destino
de sus villas y posesiones. Primeramente dejaba a Santa María
de Pamplona una heredad situada en la villa de Enériz que había
pertenecido a su madre Sancha Sánchez para que los clérigos de
la catedral rogasen por el alma de su progenitora. Para que im-
petrasen la salvación de la suya, entregaba las heredades que su
abuelo don Sancho Fortuñones había tenido en la misma villa,
exceptuando una mujer llamada Urraca Muñoz con toda su he-
redad, que sería entregada a su sobrino Dota Sánchez si casa-
ba con mujer buena, mas en el caso contrario, sería incorporada
a los bienes de Santa María de Pamplona.
En la villa de Alzuza entregaba una viña nueva por ella
plantada para que tuviese la mitad la alberguería de Pamplona
y la otra mitad se aplicase por el alma de su hermana Andrego-
do Jiménez. De San Miguel de Excelsis dependería un deudor
llamado Balcoc, mientras que las restantes heredades de doña
Sancha pasarían a ser posesiones de su hijo Pedro Muñoz en el
caso de que viviese largamente y tuviese algún hijo o hija. Pero
éste no podría disponer de ellas en el supuesto de no tener des-
cendencia pues pasaría una mitad de las posesiones al monaste-
rio de San Salvador de Leire y la otra mitad a Santa María de
Pamplona (32).
García Luiar
El año 1107 el caballero navarro García Luiar de Arguedas
antes de emprender el viaje de Palestina hacía donación de toda
(31) Vid. doc. n.° IV.
En 1095 Aznar Jiménez otorgó a San Salvador de Leire el monasterio de San
Juan de Oteiza y las villas de Ariz y Garros (Bec. Leire, 54).
(32) Vid. doc. n.° V

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La participación navarro - aragonesa en la primera Cruzada
la heredad que había recibido de su padre Luar Iñiguez en el
castillo de Arguedas y en todos sus términos al monasterio de
San Salvador de Leire y a su abad don Raimundo para que los
monjes rogasen por la remisión de sus pecados y la salvación de
las almas de sus padres (33).
Esteban, Obispo de Huesca
El inquieto obispo de Huesca don Esteban (1104-1125) fué
también a Jerusalén como peregrino según refiere la relación
histórica de las luchas habidas entre los obispados de Huesca y
Lérida en la primera mitad del siglo XII (34).
No podemos precisar la fecha de este viaje; únicamente se-
ñalaremos que se efectuó con prioridad al atropello sufrido por
san Ramón, obispo de Barbastro, arrojado de su sede por el os-
cense antes de abril de 1117 con el consentimiento de Alfonso I
el Batallador (35). Podemos limitar más la fecha considerando
que después de la peregrinación el obispo oscense fué a luchar
contra los musulmanes a Barcelona (36).
Sancho Fortuñones
Hacia 1110 el señor Sancho Fortuñones, hijo de Andreman-
cia de Coyen, se encontraba en Tolosa camino de Jerusalén, en
plan de peregrinación, y vendía a don Ugón de Conques y a la
iglesia monástica de San Saturnino de Tolosa las tierras que po-
seía en Artajona por setenta sueldos de denarios poitevinos.
Fueron firmes don García Arceiz de Ucar, don Orti Ortiz de Lo-
za y don Raimundo. Testificaron la venta Bernardo de Garrof y
el hermano del señor García Arceiz, además de los peregrinos
que acompañaron a Sancho Fortuñones hasta Tierra Santa.
Muerto don Sancho cuando volvía, fué sepultado en el mo-
(33) Vid. doc. n.° VI.
(34) KEHR, P., Cómo y cuándo se hizo Aragón, 39.
(35) UBIETO, Disputas entre los obispados de Huesca y Lérida en el siglo XII,
ap «Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón», II, 195-201.
(36) Esta expedición se realizó en 1108 ó en 1114. Vid. KEHR, Cómo y cuándo
se hizo Aragón, 40 y nota 24.
En el documento de venta hecho el año 1112 por Tibaldo Rosel a San Pedro el
Viejo de Huesca aparece como fiador de salvedad «Rainaldo Iherosolimitanus» que
pudiera tener alguna relación con nuestro obispo (Publ. el doc. R. del ARCO, Ar-
chivos históricos del Alto Aragón, Zaragoza, 1930, fase. 2.°, XXII, 87).

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nasterio de Santa María de Irache y su madre e hijos confirma-
ron la transacción estando en Puente la Reina delante de todos
los hombres del lugar (37).
Arnaldo Alamán
Antes de 1115, fecha de la muerte del obispo pamplonés don
Pedro (38), hizo Arnaldo Alamán testamento con motivo de
emprender un viaje al Santo Sepulcro.
Concedía doscientos sueldos de Jaca, suponiendo que murie-
se «in istam viam de Iherulalem», para dedicarlos en las obras
de construcción de la catedral iruñesa; y otros cincuenta suel-
dos, que deberían ser entregados por su esposa, al obispo don
Pedro. En el caso de ser la esposa de Arnaldo la fallecida, éste
se obligaba a hacer los mismos dones que en el supuesto anterior.
Mas si moría él en su peregrinación y ella en Pamplona, sus al-
baceas harían las siguientes mandas: cuatrocientos sueldos pa-
ra las obras de la catedral de Pamplona, cien para sus señores,
otros cien para el obispo y cuarenta para la alberguería de la
ciudad (39).
Bodino de Estella
Un pleito entre Bodino de Estella y Ramón Moneder sobre
unas tiendas situadas en Estella que aquél pretendía entregar al
monasterio de Santa María de Irache para que el abad le diese
dinero con el cual poder ir en peregrinación a visitar el Santo
Sepulcro de nuestro Señor, nos servirá para cerrar el número de
citas que testimonian la corriente de penitencia y peregrinación
existente en Navarra y Aragón durante los años que rodean la
fecha de la primera Cruzada.
Solucionada la disputa a favor de Bodino, éste, juntamente
con su esposa Aima, entregan en 1135 al supradicho monas-
(37) Vid. doc. n.° VII
(38) El año de la muerte del obispo pamplonés lo dan algunos documentos
aragoneses. 1115, García Dat dona a San Pedro el Viejo de Huesca la mitad de lo
que poseía en Petraselce. «Facta carta in era Ma. C.ª. La. IIIa.,... ipso anno quo
mcrtuus est episcopo Petrus de Pampilona» (ARCO, Archivos históricos, fase. 2.°,
XXX, 91).
(39) LACARRA, La Catedral románica de Pamplona, ap. «Archivo español de
Arte y Arqueología», n.° 19 (1931), p. 83. n.° 5

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374 La participación navarro - aragonesa en la primera Cruzada
terio de Irache el honor que anteriormente habían recibido del
abad Arnaldo, y al mismo tiempo hicieron testamento por si
Dios no tenía a bien consentir su regreso (40).
Conclusión
Hemos visto cómo las salidas de los navarros y aragoneses
que fueron a Jerusalén no coinciden, exceptuando un caso, con
la primer expedición de la Cruzada inicial: unas son falsas,
otras anteriores o posteriores a la fecha indicada. Esto nos
obliga a desestimar la idea de una participación importante de
los subditos del rey Pedro I en la primera Cruzada.


Antonio UBIETO ARTETA

sábado, 18 de febrero de 2017

ETERNITY IN THEIR HEARTS THE ARGUMENT FROM JOY

Introduction

Of all the arguments for the existence of God, there is one that stands out as something
more than just an argument. It is the argument from joy or desire. Primarily associated with Christian author and apologist C. S. Lewis, the argument from joy conquers the heart as well as the mind. Catholic apologist Peter Kreeft notes the weight of the argument. He says:

Next to Anselm’s famous ‘ontological argument,’ I think it is the single most intriguing argument in the history of human thought. For one thing, it not only argues for the existence of God, but at the same time it argues for the existence of heaven and for something of the essential nature of heaven and of God - four conclusions, not just one. For another thing, it is far more moving, arresting, and apologetically effective than any other argument for God or for heaven. . . . Finally, it is more than an argument. Like Anselm’s argument, it is also a meditation, an illumination, an experience, an invitation to an experiment with yourself, a pilgrimage.

What is this argument? It is the contention that God has instilled in the heart of every
human being a longing for immortality. Lewis used the argument from joy in several of his works, notably Mere Christianity, Pilgrim’s Regress, and The Problem of Pain. He says, “Creatures are not born with desires unless satisfaction for those desires exists. A baby feels hunger: well, there is such a thing as food. A duckling wants to swim: well, there is such a thing as water. Men feel sexual desire: well, there is such a thing as sex. If I find in myself a desire which no experience in this world can satisfy, the most probable explanation is that I was made for another world. If none of my earthly pleasures satisfy it, that does not prove that the universe is a fraud. Probably earthly pleasures were never meant to satisfy it, but only to arouse it, to suggest the real thing.”

What is this desire which finds no satisfaction in the present world but, as Lewis says, points us to Heaven? It is the desire for Joy. He explains that every human being has “an unsatisfied desire which is itself more desirable than any other satisfaction. I call it Joy, which is here a technical term and must be sharply distinguished both from Happiness and from Pleasure.

Joy (in my sense) has indeed one characteristic, and one only, in common with them; the fact that anyone who has experienced it will want it again. Apart from that, and considered only in its quality, it might almost equally well be called a particular kind of unhappiness or grief. But then it is a kind we want. I doubt whether anyone who has tasted it would ever, if both were in his power, exchange it for all the pleasures in the world. But then Joy is never in our power and pleasure often is.” For Lewis the whole history of man is a testimony of the quest for this Joy, a quest that has never succeeded in this world.

As with all arguments for the existence of God, the argument from joy has been objected to on several grounds, such as denying either of the two premises, or by denying the validity of induction. In order to use the argument effectively, Christian apologists must be able to refute these objections. When these objections are met, the argument becomes a powerful tool in the hands of a skilled apologist.

The Form of the Argument

Lewis is not the only Christian to assert the argument from desire, or joy. Peter Kreeft uses the argument and does so in somewhat more precise terms. He states the argument in four points: “1. Every natural, innate desire in us corresponds to some real object that can satisfy that desire. 2. But there exists in us a desire which nothing in time, nothing on earth, no creature can satisfy. 3. Therefore there must exist something more than time, earth and creatures, which can satisfy this desire. 4. This something is what people call ‘God’ and ‘life with God forever.’” [Peter Kreeft and Ronald K. Tacelli, Handbook of Christian Apologetics (Downers’s Grove: Intervarsity Press, 1994), 78.]

Christian philosopher and apologist Norman Geisler sets forth an even simpler version of the argument: “1. Every natural innate desire has a real object that can fulfill it. 2. Human beings have a natural, innate desire for immortality. 3. Therefore, there must be an immortal life after death.” This version highlights something of the nature of both the major and the minor premise of the argument, that neither is self-evident. While the syllogism is valid, neither premise is true by definition and each must therefore be demonstrated to be true. This, of course, leaves the argument open to objection. Evaluating the argument Geisler says, “This argument is not logically airtight. Few if any of the arguments [for the existence of God] are. However, it has a certain existential force to it that cannot be denied. Even great unbelievers have admitted a longing for God.” For Geisler and Kreeft, the argument has the authority of a formal syllogism and the power of experience.

The value of the argument from joy should not be underestimated. It can speak not only to the mind but also to the heart, and it has a universal appeal. All people everywhere can relate to the desire for something more, something that this life just doesn’t seem to offer, or at least hasn’t offered yet. In light of this fact, Christian apologists should be prepared to not only assert the argument but also to defend it.


The Validity of the Argument

Two questions immediately present themselves concerning the argument from joy. First, is it logically valid? And second, is it biblically based? In order for the argument to be successful as an apologetical tool it must be able to answer both of these questions affirmatively. Most objections to the argument are indeed arguments against its logical validity or evidential support and apologists must be able to defend it on these grounds. It is also important, however, for Christian apologists to remain true to the teachings of Scripture and thus it is necessary to demonstrate that the argument is in agreement with the Bible.

Scriptural Validity

The author of Ecclesiastes indicates that God has placed in the heart of every man a desire for eternity, or immortality. “ What profit has the worker from that in which he labors? I have seen the God-given task with which the sons of men are to be occupied. He has made everything beautiful in its time. Also He has put eternity in their hearts, except that no one can find out the work that God does from beginning to end.”(Eccl. 3:9-11) The work that a man accomplishes on this earth is not ultimately fulfilling. There remains a desire in every heart for something more, something lasting, something beyond the here and now.

Other Bible passages also indicate that God has put a desire in the heart of man for
something more. Rom. 1:18-19 says, “For the wrath of God is revealed from heaven against all ungodliness and unrighteousness of men, who suppress the truth in unrighteousness, because what may be known of God is manifest in them, for God has shown it to them.” God has put in the heart of every man a basic knowledge of Himself and this knowledge makes sin inexcusable.

According to the first chapter of the book of Ephesians, God has a purpose for the redeemed: “that we should be holy and without blame before Him in love.” God’s intent is for man to have a relationship with Him. He has created everyone with the knowledge of Himself and He has a plan to redeem men from their sins and to bring them into His presence. This relationship consists primarily of the worship of God on the part of men and it is a relationship that has a universal mandate according to Rom. 1:21, “because, although they knew God, they did not glorify Him as God, nor were thankful, but became futile in their thoughts, and their foolish hearts were darkened.” As a result the wrath of God will come upon those who turn from God and reject the purpose for which they were created. (Rom. 1:18)

Some would object, however, that other passages suggest that there is no universal desire for God in the heart of man. As Rom. 3:11 says, “There is none who understands; There is none who seeks after God.” In light of this passage, if no one seeks after God, then how can it be true that there exists a universal desire for God in the heart of man? Furthermore, Jesus said, “No one can come to Me unless the Father who sent Me draws him; and I will raise him up at the last day.” (John 6:44) In fact, Scripture indicates that it is God who is seeking man, and not man who is seeking God. (Gen. 3:8-9) It must be responded, however, that this objection confuses the terms “desire” and “seek.”

Seeking God and having an innate desire for God are not the same thing. The argument from joy simply asserts the presence of an unfulfilled desire in the heart of every human being. That the ultimate fulfillment of this desire is eternal life with God does not mean that everyone will seek God. The very problem of idolatry is that something other than God is sought as a means to fulfill this innate desire. While there exists in the heart of man a desire and longing for eternal bliss, the sin of man compels him to seek some other means of fulfillment, means of his own choosing.

The argument from joy then is consistent with the biblical portrait of man as created to love and serve God but choosing to love and serve himself. The innate desire for eternal bliss put in the heart of every man by God compels man to seek the good life, or the good things, but also leaves man unfulfilled by those things. It points beyond this world, and all it has to offer, to another world where true joy can be obtained. Thus the argument is solidly biblical.

Logical Validity

Not only is the argument from joy biblically valid it is also formally valid. Geisler states
the argument as a categorical syllogism in the form of a universal affirmative with a distributed middle term. In this form, the argument is logically valid. If the premises are true then the conclusion follows necessarily. Since this is the case it is only necessary to demonstrate the truth of the premises to demonstrate the truth of the conclusion. The only objection that can be raised against the logic of the argument is the problem of induction encountered in establishing the first premise. This problem, however, will be dealt with under the section dealing with objections against the argument.

The Evidence for the Argument

To support the argument from joy several lines of evidence are offered. Both premises, that every natural desire has a fulfillment and that every human being has a desire for immortality, are substantiated by evidence. Geisler says, “In defense of the first premise, it is argued that ‘If there is hunger, there is food; if thirst, drink; if eros, sex; if curiosity, knowledge; if loneliness, society.’ Nature rushes to fill a vacuum. The second premise is supported by appeal to a mysterious longing that differs from all others in two ways: First, its object is indefinable and unobtainable in this life. Second, the mere presence of this desire in the soul is felt to be more precious and joyful than any other satisfaction. However inadequately we express it, what we long for is paradise, heaven, or eternity. Even atheists experience this longing.”

Evidence for Premise One

The first premise, that every natural innate desire has a real object that can fulfill it, entails a basic presupposition about desire - distinction in kind. Kreeft says, “The first premise implies a distinction of desires into two kinds: innate and externally conditioned, or natural and artificial. We naturally desire things like food, drink, sex, sleep, knowledge, friendship and beauty; and we naturally shun things like starvation, loneliness, ignorance and ugliness. We also desire (but not innately or naturally) things like sports cars, political office, flying through the air like Superman, the land of Oz and a Red Sox world Championship.” In support of this distinction in kind, Kreeft notes three differences between natural and artificial desires.

He says: Now there are differences between these two kinds of desires. We do not for example, for the most part, recognize corresponding states of deprivation for the second, the artificial, desires, as we do for the first. There is no word like ‘Ozlessness’ parallel to ‘sleeplessness.’ But more importantly, the natural desires come from within, from our nature, while the artificial ones come from without, from society, advertising or fiction. This second difference is the rank eason for a third difference: the natural desires are found in all of us, but the artificial ones vary from person to person.

One more distinction can also be made between the two kinds of desires. Natural desires always have a real object that can fulfill it, while artificial desires may or may not. For instance, cars and political offices exist but Oz does not. On the other hand, food and drink, things for which we have natural desires, do exist and it is so in every case. Kreeft says, “No one has ever found one case of an innate desire for a nonexistent object.” In other words, whenever a desire can be identified as a natural innate desire based on the three criteria, that certain desires ought to be fulfilled, that they are internally generated, and that they are universal, there is always an object that fulfills that desire. Only by demonstrating the existence of such an innate but unfulfillable desire can the first premise be denied, something which detractors have been unable to do.

Evidence for Premise Two

The second premise of the argument, that human beings have a natural innate desire for immortality, also rests on strong evidence. Specifically that it is a universal desire for which there has never been discovered an object of fulfillment in this present world. Furthermore, the mere presence of this desire brings a greater sense of pleasure and joy than any desire that has been satisfied. The desire itself is so, mainly because it points to such a greater fulfillment than anything yet experienced.

It is abundantly clear from history that there is in the heart of man, or at least some men, a desire for Paradise, or at the very least lasting happiness. The religious and cultural practices of peoples throughout history and all over the world manifest this desire. Many primitive cultures expressed this desire through their belief that the afterlife would at least be a step above the earthly life. The Encyclopedia of Religion and Ethics says, “Such a fuller life is, of course, generally expressed among savages in terms of savage life - there will be better hunting and fishing, and plenty of food; the huts will be larger, and all bodily desires will be amply fulfilled.” Furthermore, in many instances “there is also the belief . . . that man is naturally immortal, and that pain, unhappiness, hunger, and thirst are unnatural. Hence they will no longer exist beyond the grave.” The Andaman Islanders believed that “between earth and sky is a cane bridge, over which the souls of the dead go to paradise, while the souls of those who have committed such sins as murder go to a cold region called jereglar-mugu. But all souls will finally be reunited with their spirits, and will live permanently on a new earth in the prime of life. Sickness and death will be unknown.”

A hope for Paradise was not unknown among the Greeks either. In Homer the idea appears in a prophecy by Proteus to Menelaus: “But it is not thy destiny, O Menelaus, child of Zeus, to die and meet thy fate in horse-pasturing Argos. The immortal gods will send thee to the Elysian plain and the verge of the world where fair-haired Rhadamanthys dwells, where life is easiest for man. No snow falls there, nor any violent storm, nor rain at any time; but Ocean ever sends forth the clear, shrill blast of the West wind to refresh mankind; because thou hast Helen to wife and they count thee to be son-in-law to Zeus.” Of this concept the Encyclopedia of Religion and Ethics says, “In the history of religion the idea is absorbed by the belief in immortality, which was soon fostered in Greece under the influence of imported mystical tenets and of philosophic systems founded upon them. The earthly bliss, which at best could be attained only by the favored few, is transmuted into heavenly bliss, which is promised after death to all who have lived uprightly. In the history of literature the idea survives as a beautiful fancy which is cherished by poets and often serves in later times as a basis for the romantic constructions of human society in which the Greeks found a melancholy consolation for some of the darkest periods in their national life.”

The evidence from history is overwhelming; man has an innate desire for something more, something better. This longing is usually expressed in terms of a happy afterlife in which the needs and desires of man are completely fulfilled. It is apparently the product of an inward desire for happiness or Paradise. Even the Encyclopedia of Religion and Ethics, in discussing the evolutionary origin of the idea of a blissful afterlife for the blessed, says, “Man’s experience of the miseries of this world and his instinctive desire for happiness may have suggested a blissful other-world as an offset to this earth.”

John Hick points out that there are three major points of view on the issue of life after death, two of which assert some kind of Paradise or at least release from suffering: These are: (1) the materialist and humanist rejection of belief in any form of personal survival; (2) the western and Semitic belief in the preservation of the individual personality beyond death, whether as disembodied mind or reconstituted psychophysical being, in an ultimate heavenly state in which some or all are eternally to dwell; and (3) the eastern belief in the continual rebirth of what we can for the moment call the soul, until (according to hindu thought) it attains to a realization of its identity with the one infinite and eternal Spirit, or (according to Buddhism) until it attains to nirvana by obliterating within itself the needs and drives which have kept the illusion-bound and pain-bearing ego going through life after life.

Generally, it is only atheists who assert that there is no future state of existence in which peace or happiness is attained. Nevertheless, their contention does not contradict the second premise of the argument, that human beings have a natural innate desire for immortality, because too often they betray their conviction with expressions that manifest their own desire for immortality. Atheistic humanist F. A. E. Crew, though attempting to downplay the concept of eternal life, reveals his reluctance to pass into complete non-existence: Because I am old I can accept the idea that death is the end of me as an individual without any undue disquiet. I have lived a long and very full life. I have loved and been loved. I have passed on a genetic endowment to posterity - there are now two great grandchildren -and so have ensured continuance. A few of the results of my activities as a scientist have become embodied in the very texture of the science I tried to serve - this is the immortality that every scientist hopes for. I have enjoyed the privilege, as a university teacher, of being in a position to influence the thought of many hundreds of young people and in them and their lives I shall continue to live on vicariously for a while. All the things I care for will continue for they will be served by those who come after me. I find great pleasure in the thought that those who stand on my shoulders will see much further than I did in my time. What more could any man want? 20

Crew takes “great pleasure” in contemplating a better future for mankind, a future which holds, at the very least, a vicarious existence for himself. In this passage he reveals the inner longing of the heart for something better than what this world presently offers, even if he does not believe that he himself will enjoy it. Crew, like everyone else, has not found ultimate satisfaction in this life.

Not only do atheists tend to express an unsatisfied longing for lasting contentment, but they also reveal a deep desire for meaning in life. In a letter to Lady Otto, atheist Bertrand Russell admitted: “Even when one feels nearest to other people, something in one seems obstinately to belong to God, and to refuse to enter into any earthly communion - at least that is how I should express it if I thought there was a God. It is odd, isn’t it? I care passionately for this world and many things and people in it, and yet . . . what is it all for? There must be something more important, one feels, though I don’t believe there is.” Atheism does not offer an escape from the longing for immortality that God has set in the hearts of men, it only deepens it. Albert Camus expressed the dilemma of atheism: “For anyone who is alone, without God and without a master, the weight of days is dreadful.” Jean-Paul Sartre expressed the same sentiment when he asserted that “atheism is a cruel and long range affair.” Atheism’s cruelty consists in its contradiction of one of humanity’s deepest longings, the desire for immortal life.

It is not enough, however, to demonstrate that there exists in the heart of man a deep seated and instinctive desire for happiness and meaning. The argument rests on the fact that this desire remains unfulfilled in the present life, a point made by Lewis: “If I find in myself a desire which no experience in this world can satisfy, the most probable explanation is that I was made for another world. If none of my earthly pleasures satisfy it, that does not prove that the universe is a fraud. Probably earthly pleasures were never meant to satisfy it, but only to arouse it, to suggest the real thing.”

Pascal also believed that the longing in the heart of man cannot be satisfied by the things of this world; “All men seek happiness. There are no exceptions. . . . Yet all men complain. . . . A test which has gone on so long, without pause or change, really ought to convince us that we are incapable of attaining the good by our own efforts . . . this infinite abyss can be filled only with an infinite object.” Pascal and Lewis asserted that not only is the desire for happiness universal, but so is our impotence in satiating it. They are not alone, however. Malcolm Muggeridge relates that even Samuel Johnson was pessimistic about any claims to enduring happiness in this world.

He explains, “The sister-in-law of a friend of Samuel Johnson was imprudent enough once to claim in his presence that she was happy. He pounced on her hard, remarking in a loud, emphatic voice that if she was indeed the contented being she professed herself to be, then her life gave the lie to every research of humanity.”

It is clear then that both premises for the argument from joy rest on solid evidence indicating that they are both true premises. Since the argument is formally valid, it follows then that the conclusion is true. The argument from joy demonstrates that there is in the heart of man a natural desire for immortality, an immortality that can only be obtained from the eternal hand of God.

Objections Against the Argument

Though the argument from joy is a very powerful argument, numerous objections have, nevertheless, been raised against it. Attacks range from objections against the truth of the premises to rejections of the logical validity of induction. In order to defend the argument an apologist must be able to answer these objections. Having done so, he will be able to use the argument effectively.

Objections to the First Premise

There are two main objections to the first premise. The first objection denies that the evidence supports the assertion that natural, innate desires have a corresponding object that can fulfill that desire. The second objection challenges the validity of inductive reasoning. While both of these are strong challenges, neither of them is insurmountable.

The first objection to premise one is that the evidence does not support the premise. It is argued that the occurrence of starvation or dehydration demonstrates that not all natural desires can be fulfilled. But this misses the point. It is not the case that every desire should obtain its object, but simply that the object exists. C. S. Lewis points out that “a man’s physical hunger does not prove that that man will get any bread; he may die of starvation on a raft in the Atlantic.

But surely a man’s hunger does prove that he comes of a race which repairs its body by eating and inhabits a world where eatable substances exist. In the same way, though I do not believe (I wish I did) that my desire for Paradise proves that I shall enjoy it, I think it a pretty good indication that such a thing exists and that some men will. A man may love a woman and not win her; but it would be very odd if the phenomenon called ‘falling in love’ occurred in a sexless world.” [S. Lewis, The Weight of Glory and Other Addresses (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company,1965),]

Instances in which the object of desire is not obtained do not demonstrate the real absence of the object. For this objection to work there must be real proof that natural, innate desires are without real objects. As mentioned above, no such evidence has been forthcoming and thus the evidence for the first premise stands. Natural desires are desires that have objects that fulfill those desires. Hunger has food, thirst has water, and procreation has sex. Not until a truly natural desire is discovered in which there is not only no real object but not even a possible object of fulfillment can the premise be denied.

The second objection asserts the problem of induction, or question begging. After all, how can it be known to be universally true that a natural desire has a real object without first examining every natural desire? In other words, in order to know that the first premise is true one would have to know that the natural desire postulated in the second premise has a real object, but this is the very question at hand. You must know the conclusion of the argument to be true in order to assert the first premise. But the argument rests on the truth of the first premise. It becomes a vicious circle which leads to no real knowledge. Kreeft says, “It is the old saw of John Stuart Mill and the nominalists against the syllogism.”

This objection rests on the presuppositions of nominalism which denies the existence of natures, or essences. For nominalists, a universal is not a nature that individuals may be said to have or to share in. Instead they are, as Francis Parker says, “no more than an arbitrary sum or grouping of particulars which could only be consequent upon an exhaustive enumeration of these same particulars.” 29 The problem with nominalism is that it is ultimately destructive to all knowledge. Parker explains that “unless we could somehow know the universal without having to know all the particulars in its extension, we could never understand anything; we could not even talk or say anything, since all human thought and speech involve the use of universal concepts, which we simply do in fact have in our minds, but which we certainly do not come by as a result of any prior familiarity with every possible particular instance of such universals.”

Once the presuppositions of nominalism are removed from the argument, the solution becomes simple. If a nature can be abstracted from the particulars, it is not necessary to examine every particular to identify and define the nature. If a particular has that same nature, then it will have those attributes consequent with that nature and thus those attributes can be assigned to any particular that has that nature even before it has been examined. For example, Kreeft says, “We know that all humans are mortal because humanity, as such, involves mortality, it is the nature of a human being to be mortal; mortality follows necessarily from its having a human body.”

Elaborating on the point he continues: “When there is no real connection between the nature of a proposition’s subject and the nature of the predicate, the only way we can know the truth of that proposition is by sense experience and induction. For instance, we can know that all the books on this shelf are red only by looking at each one and counting them. But when there is a real connection between the nature of the subject and the nature of the predicate, we can know the truth of the proposition by understanding and insight.”

It follows then that every natural, innate desire does have a real object because it is the nature of such desires that they do so. This nature is discovered in particular innate, natural desires and not determined in them by mere arbitrary definition. Once this discovery takes place through abstracting the nature from the particular, then valid predications based upon that nature can be made about any particular which has that same nature.

Objections to the Second Premise

The objection against the second premise of the argument rests on the denial that there is a universal desire for God or infinite joy and happiness. The objection takes two forms. In the first form it is asserted that some people are perfectly happy in the here and now. In the second form it is asserted that while a person may not presently be perfectly happy, some future circumstance, such as winning the lottery, will bring them perfect happiness.

In responding to the first objection in which a person makes the claim that they are now perfectly happy, Kreeft says, “This, we suggest, verges on idiocy or, worse, dishonesty. It requires something more like exorcism than refutation. This is Merseult in Camus’s The Stranger. This is subhuman, vegetation, pop psychology. Even the hedonist utilitarian John Stuart Mill, one of the shallowest (though cleverest) minds in the history of philosophy, said that ‘it is better to be Socrates dissatisfied than a pig satisfied.’”

The second objection is similar to the first in that it is simply not credible from the standpoint of human experience. Kreeft says: Because it is not a matter of temperament, this deep unhappiness appears most clearly not when one would expect, when life is full of fears or sufferings. If it appeared mainly at such times, we might dismiss it as escapism. But it is precisely when life treats us best that the deepest dissatisfaction arises. As long as we lack worldly happiness, we can deceive ourselves with the ‘if only’ syndrome: If only I had this or that, I would be happy. But once we have all our thises and thats and are still unhappy, the deception is exposed. That’s why rich and powerful modernity is not happier than previous cultures.

Even humanistic psychiatrist Sigmund Freud recognized that obtaining all that we seem to desire of this world never seems to bring true happiness. Speaking of the progress of science and technology, Freud says that they are the fulfillment of “fairy tale” wishes constructed by man long ago. He says that man “formed an ideal conception of omnipotence and omniscience which he embodied in his gods. To these gods he attributed every thing that seemed unattainable to his wishes, or that was forbidden to him. One may say, therefore, that these gods were cultural ideals. Today he has come very close to the attainment of his ideal; he has almost become a god himself. . . . But . . . present-day man does not feel happy in his Godlike character.”

The hope that the future, whether through materialism or idealism, is going to provide the highly coveted state of happiness is blind hope indeed. Kreeft says: The history of revolutions is most instructive here, and most depressing. Nowhere, perhaps, is the gap between promises and deliveries, the ideal and the real more astonishing. The only thing more astonishing is the fact that we are not astonished by it, that we blandly accept it with the words ‘Oh well, that’s human nature.’ Consider the difference between “liberty, equality, fraternity” and the Jacobins, Robespierre, the guillotine, and the eventual dictatorship of Napoleon; between the “new order” National Socialism promised and the old barbarian disorder it delivered; between “the dictatorship of the proletariat” and the dictatorship of the Kremlin. Then consider the fact that this discrepancy is the rule, not the exception. Our history is largely the history of hypocrisy.

The hypocrisy is that men claim to have found happiness or the means to happiness in this world even though they know that it is not possible to do so. Lewis exposes the hypocrisy when he says: Almost our whole education has been directed to silencing this shy, persistent, inner voice; almost all our modern philosophies have devised to convince us that the good of man is to be found on this earth. And yet it is a remarkable thing that such philosophies of Progress or Creative Evolution themselves bear reluctant witness to the truth that our real goal is elsewhere. When they want to convince you that earth is your home, notice how they set about it. They begin by trying to persuade you that earth can be made into heaven, thus giving a sop to your sense of exile in earth as it is. Next, they tell you that this fortunate event is still a good way off in the future, thus giving a sop to your knowledge that the fatherland is not here and now. Finally, lest your longing for the transtemporal should awake and spoil the whole affair, they use rhetoric that comes to hand to keep out of your mind the recollection that even if all the happiness they promised could come to man on earth, yet still each generation would lose it by death, including the last generation of all, and the whole story would be nothing, not even a story, for ever and ever.

It is just not true that this world cannot satisfy our deepest longing for joy. There must be more. As Maritain points out: “Because this desire which asks for what is impossible to nature is a desire of nature in its profoundest depths, it cannot issue in an absolute impossibility. It is in no wise necessary that it be satisfied, since it asks for what is impossible for nature. But it is necessary that by some means (which is not nature) it be able to be satisfied, since it necessarily emanates from nature. In other words it is necessary that an order superior to nature be possible in which man is capable of that of which nature is incapable but which it necessarily desires.”

Conclusion

It is the nature of humanity to desire ultimate happiness and this desire points to an immortal life with God. Only by obtaining eternal life in His presence can the desire be satiated.

It is how He has made us. The things of this world simply serve to point the way. As Lewis says, “If a transtemporal, transfinite good is our real destiny, then any other good on which our desire fixes must be in some degree fallacious, must bear at best only a symbolical relation to what will truly satisfy.” The things we desire in this present life are only mirrors of the true object of our desire. They are mirrors of God.